Un atentado a la tranquilidad financiera

Vulnerabilidad, desconsuelo y rabia son algunas de las sensaciones que deja el hecho de ser víctima del desfalco de dineros desde alguna cuenta a través del uso fraudulento de alguna tarjeta.

El arribo de dicho sistema fue presentado como un paso más en el contexto del ámbito comercial, con el argumento de entregar una mayor facilidad, transparencia y rapidez de cara al desarrollo de una compra o transacción.

Uno de los principales puntos negros de tal sistema resulta ser la denominada clonación, donde a través de diversos mecanismos inescrupulosos sustraen una serie de datos, que en el papel deberían estar resguardados.

Los clientes y usuarios son los que además “depositan” su confianza de cara al correcto uso de los montos que manejen.

Por desgracia, continúa siendo un hecho más que frecuente el enterarse a lo largo del país de casos de uso fraudulento de tarjetas de crédito y débito, por lo que claramente las protecciones siguen siendo insuficientes.

Dejando de lado todo el trámite ligado a la burocracia (algo típico y característico de nuestro país) que las víctimas de tal delito deben llevar a cabo para comprobar dicha condición, otra de las sensaciones que queda entre ellos es que este escenario no va a cambiar, a no ser que de una vez por todas las respectivas organizaciones y entidades  tomen medidas a la altura del problema.

Periódicamente llegan a los clientes de todos los bancos que existen en el país una serie de correos electrónicos advirtiendo de no entregar su clave de la tarjeta a nadie, tener cuidado al momento de realizar un giro en un cajero automático o mirar bien al momento de pagar con una de estas tarjetas. Pero el problema no es ese, el problema no lo tiene el cliente, sino las entidades que tienen sistemas demasiado vulnerables y que se quebrantan con demasiada facilidad. Y así las víctimas de la clonación de tarjetas son los que tienen que esperar semanas para que se les devuelva el dinero tan fácilmente robado.

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