Solidaridad químicamente pura

No sería justo dejar pasar muchos días en este mes de agosto, sin hacer algunas breves reflexiones acerca de la trascendental vida y obra del segundo santo chileno, el padre Alberto Hurtado Cruchaga de cuyo deceso se cumplió un nuevo aniversario el recién pasado domingo 18.

Por estos meses recientes ha habido serios y muy lamentables sucesos que, de alguna manera, han venido a enlodar buena parte de lo valioso y positivo que la Compañía de Jesús (cuna formadora del padre Hurtado) ha realizado a lo largo de la historia republicana de Chile.

Quizás el más oscuro y deplorable de estos hechos que han salido a la luz pública fue lo relacionado con el fallecido excapellán del Hogar de Cristo, padre Renato Poblete respecto de lo que no vale la pena repetir escabrosos detalles como tampoco aludir a otros jesuitas igualmente sometidos al escarnio popular.

Todo esto sin embargo, no alcanza a empañar la estatura moral y humanitaria de aquel jesuita que sigue siendo un hombre santo; de una bondad ilimitada y con una solidaridad “químicamente pura” que lo llevó a crear el icónico Hogar de Cristo.

Luis Alberto Miguel Hurtado Cruchaga, venerado por la Iglesia Católica como san Alberto Hurtado había nacido en Viña del Mar el 22 de enero de 1901 y falleció en Santiago, el 18 de agosto de 1952.

Fue también abogado, legislador y es considerado el patrono de los trabajadores en Chile, de la Facultad de Derecho de su casa de estudios (la Pontificia Universidad Católica de Chile), de la Federación de Estudiantes de Ingeniería Química de la UCA y de la Pastoral Universitaria de Mendoza, en Argentina.

Fue beatificado por Juan Pablo II en 1994 y posteriormente canonizado por Benedicto XVI en la plaza de San Pedro (Ciudad del Vaticano) el 23 de octubre de 2005, convirtiéndose en la segunda persona nacida en Chile –tras santa Teresa de Los Andes– en ser elevada a los altares.

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